Desperté entre sus brazos.
La luz se colaba por la ventana y su respiración cálida rozaba mi nuca. No quería moverme. No quería arruinar ese momento en que todo se sentía tan… completo.
Pero era lunes. Y había que volver a la realidad.
—Buenos días —murmuró Fabián, medio dormido, apretándome contra él con fuerza.
—Buenos días —susurré sin girarme, solo acariciando suavemente su brazo.
Nos quedamos unos minutos más así, envueltos en la quietud de la mañana, hasta que el deber nos jaló de la cama