Corrí.
Ni siquiera me detuve a pensarlo, simplemente corrí. El corazón me latía tan fuerte que dolía, el alma se me desgarraba entre cada paso y el aire parecía no alcanzarme. Pero ahí estaba él, subiendo a su carro, con la rabia en el cuerpo y el orgullo hecho puños. No podía dejarlo ir así. No después de todo.
—¡Fabián! —grité desde la entrada, y él se detuvo en seco.
Volteó. Y en sus ojos vi una tormenta. Dolor. Orgullo. Furia. Y algo más… eso que siempre me quiebra: él, dolido, por mí.
—No