Su mirada me quemaba. No era ternura. Era rabia. Era deseo acumulado. Era todo lo que Fabián había reprimido en estos meses, estallando sin control frente a mí. Se acercó, me tomó por la cintura con fuerza y me empujó contra la pared. Sentí el golpe leve en mi espalda, pero lo ignoré. Todo mi cuerpo estaba en llamas.
—¿Esto es lo que quieres, cierto? —dijo con voz baja, ronca, mientras sus labios apenas rozaban mi cuello—. Provocarme. Jugar a que te vas, a que no sientes nada.
—No siento nada —