Una semana, una puta semana que estoy en una cama de este maldito hospital y mi amada esposa, reina de mi varita de sauco, madre de mi mini muñequita y, a lo mejor, de mi mini innombrable y ella, la muy inconsiderada, no ha venido ningún puto día a verme, cumpliendo a cabalidad su dictamen.
—¡Dios, dame tu fortaleza!— exclamo al cielo, esperando una respuesta.
No la he llamado, ni menos le he dicho o escrito que mi mamá viene todos los días a verme y, desde que hablamos, me acompaña aunque sea