La tarde había caído y con ella una sensación de incertidumbre tan densa que parecía impregnarlo todo. El cielo gris reflejaba el caos que Sofía sentía por dentro. Caminaba sin rumbo fijo, con las manos escondidas en los bolsillos de su abrigo, mientras el viento helado golpeaba su rostro. A su alrededor, la ciudad seguía su curso: autos, luces, gente apurada… pero nada lograba arrancarla del torbellino de pensamientos que la consumía.
Max.
El simple hecho de pensar en su nombre le provocaba un