El silencio que siguió al beso fue más pesado que cualquier palabra. Sofía se quedó allí, de pie junto a su escritorio, con el corazón desbocado y la mente enredada en un torbellino de emociones que la abrumaban. Sentía aún el calor de los labios de Max sobre los suyos, la presión de sus manos, la forma en que el mundo pareció detenerse por un instante. Pero ese momento, tan prohibido como inevitable, se había convertido en un campo de batalla interno del que no podía escapar.
Intentó concentra