La mañana siguiente llegó con una pesadez inusual, como si el aire mismo estuviera cargado de algo que Sofía no podía nombrar. Desde que había despertado, su mente no encontraba descanso. Cada pensamiento, cada recuerdo, la llevaba inevitablemente a Max. Su imagen, su voz, su mirada, seguían acechándola como una sombra imposible de disipar.
Se había refugiado en su rutina, intentando perderse en los números, en los informes, en el trabajo que solía darle control y estabilidad. Pero, por más que