La tarde había caído sobre la ciudad, tiñendo el horizonte con un velo dorado que poco a poco se desvanecía en sombras alargadas. Desde su oficina en el piso treinta y ocho, Sofía observaba cómo las luces de los edificios comenzaban a encenderse como estrellas artificiales, marcando el inicio de la noche. Aquella vista, que solía reconfortarla, hoy no bastaba para calmar el temblor contenido en su pecho.
Tenía una reunión. Pero no una cualquiera.
Era con él.
Max Smith.
Ajustó la solapa de su bl