El hospital estaba demasiado silencioso.
Ese tipo de silencio… el que asusta.
Sofía despertó sobresaltada, pensando que algo había pasado, pero solo encontró la luz tenue filtrándose por la ventana, el sonido lejano de ruedas de camillas, y—
Un cojín cayéndose al suelo.
—¿En serio…? —murmuró, intentando incorporarse.
Eduard estaba dormido en la silla, otra vez.
Pero ahora… rodeado por tres cojines, uno bajo el brazo, otro en la espalda, y otro aplastado entre él y el reposabrazos.
Como si hubiera pasado la noche luchando a muerte con ellos.
Y claramente había perdido.
Sofía parpadeó.
—¿Qué…?
Eduard despertó justo en ese instante, desorientado. Primero miró el suelo. Luego su propio regazo. Luego los cojines.
Y finalmente a ella.
—No digas nada —murmuró, frotándose la cara.
Sofía levantó una ceja.
—¿Puedo preguntar por qué parecía que estabas intentando estrangular una almohada?
Él suspiró con frustración.
—Vanesa.
—Ah —dijo Sofía, comprendiendo de inmediato.
Vanesa había pasado anoche