La casa Wood amaneció extrañamente silenciosa, como si la noche anterior hubiese quedado suspendida en las paredes.
Sofía se movía despacio, todavía con la cabeza embotada por el desmayo. Dormir no había ayudado.
Un golpe rápido sonó en la puerta de su habitación.
—Soy yo —susurró Vanesa—. Ábreme, que me muero.
Sofía abrió y Vanesa entró con los ojos enormes, un poco despeinada y una expresión que anunciaba problemas.
—He venido lo antes que he podido —dijo bajito—. Sofi… encontré algo en mi ca