La casa Wood amaneció extrañamente silenciosa, como si la noche anterior hubiese quedado suspendida en las paredes.
Sofía se movía despacio, todavía con la cabeza embotada por el desmayo. Dormir no había ayudado.
Un golpe rápido sonó en la puerta de su habitación.
—Soy yo —susurró Vanesa—. Ábreme, que me muero.
Sofía abrió y Vanesa entró con los ojos enormes, un poco despeinada y una expresión que anunciaba problemas.
—He venido lo antes que he podido —dijo bajito—. Sofi… encontré algo en mi casa. Algo que NO estaba allí. Y no sé si llorar o gritar.
Sofía sintió un escalofrío.
—¿Qué encontraste?
Vanesa sacó una foto, metida entre dos papeles, como si le diera miedo tocarla sin protección.
—Esto estaba en mi mesa del salón cuando me levanté al día siguiente de revisar la caja.
Sofía tomó la foto con cuidado.
Su corazón dio un salto.
Era un bebé de unos meses, dormido en una cuna. Una mujer de espaldas, inclinada sobre él.
Todo era borroso, antiguo…
Pero Sofía sintió un tirón irracional