El mundo volvió poco a poco.
Primero, el peso en los párpados.
Luego, el olor a colonia masculina. No era el de Eduard. Era más cítrico, más fresco… distinto.
Después, una voz baja:
—Tranquila. Estás a salvo.
Sofía abrió los ojos.
Sebastián estaba sentado en una butaca a un lado de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en ella. Había dejado la chaqueta sobre el respaldo y se había remangado la camisa. Parecía cansado… y preocupado.
—¿Cuánto… tiempo he estado así? —pre