Cuando escuchó las palabras de su hija la señora Sarita Perkins se aferró al brazo de su esposo tratando de transmitirle calma, pero sentía en sus dedos la tensión del comandante y podía escuchar cómo su respiración se aceleraba.
–No pueden venir aquí a influenciar a mi hija de tal modo que quiera abandonar todo por lo que ha luchado para perseguir una ilusión –bramó sin poder contener su ira.
–Papá, por favor, George y yo nos amamos.
–¿Cómo te vas a enamorar