Raffaella, con la cabeza apoyada en su hombro, dibujaba círculos en el torso de Tiberius con la yema de su dedo índice, él acariciaba la curva de su cadera desnuda con su dedo pulgar al tiempo que depositaba, de vez en cuando, pequeños besos en su coronilla.
–¿En qué piensas? –indagó él.
–En que esto parece un sueño.
–No lo es, estoy aquí contigo, al fin te tengo como debió haber sido siempre.
–¿Siempre? Entonces…, ¿por qué no decías nada?