Ilse la apuntó con el dedo índice, con una expresión tan dura que parecía hecha de piedra.
Su voz, fría y cargada de desprecio, resonó por todo el vestíbulo como un golpe seco:
—Ilse, entiéndelo de una maldita vez; ¡No eres digna de mi hijo! Recuérdalo, muchacha.
Sus ojos brillaban con una furia contenida, pero también con un orgullo que se negaba a morir.
Durante años había creído tener el control absoluto sobre la vida de sus hijos, especialmente la de Martín.
Pero frente a ella, Victoria no s