Cuando Victoria abrió los ojos, lo primero que sintió fue un temblor incontrolable recorriéndole el cuerpo.
El aire olía a humedad, a encierro.
La luz era escasa, provenía de una bombilla que colgaba del techo, parpadeando como si también tuviera miedo.
No entendía dónde estaba ni cómo había llegado ahí.
Intentó moverse, pero sus muñecas estaban atadas con una cuerda áspera que le había dejado marcas rojas. Un leve gemido escapó de sus labios. El corazón le latía tan fuerte que podía escucharlo