La sala era fría, demasiado fría.
Las paredes blancas reflejaban la luz estéril de las lámparas, y el aire olía a desinfectante y metal.
Allí, en medio de ese espacio impersonal, Sandy Blanco fue conducida por dos guardias vestidos de negro.
El eco de sus tacones resonaba en el piso de mármol, cada paso más pesado que el anterior.
No entendía por qué la habían citado, solo sabía que alguien le había pedido asistir a una “reunión importante”. Pero en cuanto vio las puertas cerrarse tras de sí, co