Braulio y Hernando llegaron corriendo, apenas escucharon el estruendo, un ruido seco que había estremecido toda la casa. El aire parecía haberse congelado, y ambos hombres sintieron un vuelco en el corazón al temer lo peor.
Hernando fue el primero en entrar a la sala. Su mirada recorrió todo rápidamente hasta detenerse en Maryam, sentada en el suelo, llevándose las manos al vientre, con el rostro descompuesto por el dolor. A su lado, un charco de agua se extendía sobre las baldosas.
Se inclinó,