Los meses avanzaron, pronto llegó el día de parto de Fiona.
Fiona respiraba entrecortado. El sudor resbalaba por su frente y su cabello se le pegaba a las sienes mientras las contracciones la atravesaban como olas fuertes que no daban tregua. Estaba agotada, pero no iba a rendirse. A su lado, Aaron sostenía su mano con tanta fuerza que sus propios dedos estaban temblando.
—Fiona, mírame —le dijo él, con la voz quebrada por la emoción y el miedo—. Ya casi, mi amor. Eres fuerte. Lo estás haciendo