Braulio esbozó una sonrisa amplia, sincera, como si por fin pudiera respirar después de horas de angustia. Aquella noticia era un alivio inesperado que le golpeó directo al corazón, devolviéndole la esperanza que había perdido entre la confusión y el miedo.
—Por favor… quiero verla —murmuró con voz temblorosa.
El doctor asintió con comprensión.
Braulio no esperó más.
Caminó —en realidad, casi corrió— hacia la habitación. Al entrar, lo primero que vio fue la venda blanca sobre la ceja de Aurora.