Manuel apenas humedeció sus labios con el vino, lo suficiente para fingir que había bebido un sorbo.
No lo tragó. Su instinto lo mantenía alerta, como si cada detalle de esa velada pudiera esconder una trampa, acostumbrado al actuar de los enemigos, no iba a repetir errores de antaño.
Observó a los hombres alejarse, y aunque algo en su interior le gritaba que no se confiara, decidió no decir nada.
Tomó la mano de Mayte con firmeza y caminaron juntos hacia el otro extremo del salón, tratando de d