Manuel no podía apartar la mirada de aquella mujer.
Sus palabras lo atravesaban como dagas invisibles, abriéndole heridas que ni siquiera sabía que tenía.
Intentó recordar, desesperado, revolviendo en su memoria aquella noche que ella mencionaba… pero no, ¡no podía ser ella! No era así como la recordaba.
No era así como habían ocurrido las cosas —o al menos, como él creía haberlas vivido.
El aire se volvió pesado, casi irrespirable.
Las copas en las manos de los invitados incrédulos, incapaces