—¡Manuel, eso no es cierto! —gritó la abuela, su voz resonando en el aire tenso de la habitación.
Con manos temblorosas, tomó la mano de su nieto, intentando infundirle algo de fuerza mientras lo guiaba hacia ella.
Manuel, con la cabeza gacha y una expresión de derrota marcada en su rostro, la siguió, sintiéndose como un náufrago en un mar de confusión y dolor.
La mirada de su abuela era un refugio, pero también un recordatorio de la tormenta que se desataba a su alrededor.
Mayte, incapaz de sop