El silencio en ese instante era tan denso que parecía que el aire se había detenido.
Fiona y Aurora miraban al hombre frente a ellas, con los ojos muy abiertos, paralizadas por el miedo.
Braulio de Icaza, con su porte impecable y su expresión gélida, se dio la vuelta con intención de marcharse.
Pero Fiona, desesperada, dio un paso al frente y le tomó del brazo con fuerza.
—¡Por favor, por favor, no lo digas! —suplicó, su voz quebrada por el llanto.
Braulio se detuvo en seco.
Giró apenas el rostr