Maryam comía la cena con entusiasmo. Cada bocado era una mezcla de placer y alivio. El tenedor iba y venía con una velocidad que asustaría a cualquier nutricionista.
—He comido mucho —murmuró finalmente, llevándose las manos al vientre con un suspiro satisfecho.
Hernando la observaba desde el otro extremo de la mesa, cruzado de brazos, con el ceño fruncido.
—¿Tienes náuseas? —preguntó con voz calma.
—No, estoy bien —replicó ella, rodando los ojos—. ¡Es tu culpa, Hernando! Quieres engordarme para