Fiona y Aaron llegaron al hospital como dos náufragos que finalmente alcanzan la orilla: exhaustos, con temblor en la voz y la esperanza hecha un hilo fino entre las manos.
En la sala de espera, el mundo parecía haber quedado en pausa; nadie decía nada, pero los latidos de sus corazones eran una orquesta descompasada.
Aaron apretó la mano de Fiona con una fuerza protectora, como si pudiera transmitirle la calma que él mismo buscaba.
En la consulta, la ginecóloga les recibió.
En pocos minutos los