—¡Es mi culpa! —gritó Braulio, su voz quebrada por el dolor, mientras caía de rodillas junto al cuerpo sin vida de su abuela.
Aurora se apresuró a rodearlo con los brazos, sujetándolo con fuerza, intentando sostenerlo, aunque él parecía derrumbarse entre sus manos.
—No digas eso —susurró con la voz temblorosa, acariciándole la espalda—. ¡No es tu culpa, Braulio!
Pero él no la escuchaba. Su respiración era agitada, sus ojos rojos, llenos de una mezcla brutal de tristeza y desesperación. Miró a Sa