El pasillo del hospital olía a desinfectante y miedo. Las luces frías parecían burlarse del dolor humano, iluminando con crueldad cada rostro desencajado.
Cuando el doctor apareció, acompañado del neurólogo, Ilse se levantó de golpe, con el corazón palpitando como si fuera a escaparse de su pecho.
—¿Cómo está mi hijo, doctor? —preguntó con la voz quebrada, las manos temblorosas.
El médico respiró hondo, bajó la mirada y habló con un tono sereno, casi clínico, pero que sonó como una sentencia.
—S