Hernando dio un paso hacia ella, su sombra imponiéndose sobre la débil luz del pasillo.
Sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora ardían con una mezcla de celos, rabia y algo que parecía miedo.
—¿Con quién viniste aquí, Maryam? —preguntó con voz grave, casi un gruñido contenido—. ¿Con Bernardo?
—¿Qué…? —exclamó ella, completamente sorprendida—. ¿Qué estás diciendo?
La incredulidad la paralizó por un instante.
No entendía de dónde salía aquella acusación absurda.
Sin embargo, él no esperó respu