—¡Ayuda! —gritó Hernando con la voz desgarrada, entre toses y desesperación. Sentía cómo el aire le ardía en los pulmones, cómo la vista se le nublaba, y, sin embargo, su único pensamiento era ella—. ¡Maryam! ¡Por favor, resiste, mi amor!
Sus gritos rebotaron en las paredes, ahogados por el gas espeso que llenaba el baño.
Un segundo después, entre el ruido de pasos y el golpeteo de una puerta forzada, se escucharon voces confusas.
—¡Aquí! ¡Rápido, aquí! —exclamó Rizard, tosiendo, junto a otros h