Ilse colgó la llamada con manos temblorosas; el eco del último mandato todavía vibraba en su oído como una orden que no admitía demora.
Afuera del salón, la noche parecía más fría de lo habitual: las luces del hotel proyectaban sombras largas sobre el pavimento y el murmullo de la fiesta se oía lejano, casi inexistente frente al peso del momento.
Respiró hondo, intentando recomponer la compostura, pero no pudo evitar que una lágrima se escapara por el rabillo del ojo.
—¡Hagan lo que pedí! —había