Ese beso quemaba a Braulio como una brasa recién salida del fuego.
No fue un roce tímido ni un impulso accidental; fue un contacto que lo atravesó por completo, desbordando un deseo que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
En el instante en que los labios de Aurora tocaron los suyos, sintió cómo todo su autocontrol se tambaleaba.
Ella estaba enferma, débil, febril… pero aun así, ese gesto tenía la fuerza de un trueno.
La sostuvo por la cintura, temiendo que se desmayara. Su piel ardía, no solo