Aurora se levantó con un sobresalto y se acercó a la ventana. La respiración aún le temblaba en el pecho.
Desde ahí, vio a la mujer alejarse con paso rápido, casi huyendo, como si el mundo entero la persiguiera.
A Aurora le ardieron los ojos de frustración. Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
¿Cómo era posible? ¿Cómo podía irse así… tan fácilmente?
La puerta de la habitación se abrió con cautela. Era Braulio.
—Aurora —su voz, grave y cansada—, aún estás ago