Todos reían.
Se burlaban de Mayte con una maldad pura que la atravesaba como un cuchillo afilado.
Cada risa era un golpe en su corazón, cada comentario hiriente un recordatorio de su soledad.
Mayte limpiaba sus lágrimas con la mano temblorosa, sintiendo que la ira, un sentimiento tan conocido, se apoderaba de toda su alma y su piel.
Era una ira visceral, que brotaba de lo más profundo de su ser, y que ahora la empujaba a actuar.
Observó a Fely sonreír, esa sonrisa arrogante que siempre la había