Martín retrocedió un paso, el aire se le atoró en los pulmones como si el miedo le hubiera arrancado la respiración.
Negó con la cabeza una y otra vez, con un temblor visible, mientras el color se le drenaba del rostro.
—Abuela, no… —susurró, apenas audible, sintiendo cómo el peso de la mirada de todos lo aplastaba contra el suelo.
El silencio que siguió fue breve, apenas un respiro antes de que Manuel explotara.
—¡Ya lo sabemos todo! —gritó, golpeando la mesa con el puño—. Sé que cambiaste los