Mayte pensó en entrar y hablar con él, pero luego se detuvo en seco.
El dilema la consumía.
Sabía que su intervención podría detener el desastre inminente de Bella Antica, pero al ver la hora, una sensación de impotencia la invadió.
Era tarde. Retrocedió, sintiendo que el peso de la decisión le oprimía el pecho.
“No puedo salvar a quien no quiere, ni merece ser salvado”, reflexionó, sintiendo que cada palabra resonaba como un eco en su mente.
La tristeza y la frustración se entrelazaban en su co