En el hospital.
La sirena de la ambulancia seguía retumbando en los oídos de Maryam, incluso después de que el vehículo se detuvo frente a la entrada de urgencias.
Apenas abrieron las puertas, los paramédicos bajaron la camilla donde Hernando yacía inconsciente, con el rostro pálido y la respiración débil. Ella corrió tras ellos, con lágrimas que le nublaban la vista y un nudo en la garganta que casi no le permitía hablar.
—¡Hernando! —gritó, sollozando—. ¡Por favor, resiste… resiste por mí!
Los