Hernando observó a Claudia con una mezcla de terror, impotencia y rabia contenida. Su corazón latía tan fuerte que casi podía escucharlo retumbar en sus oídos.
Frente a él, esa mujer a la que alguna vez intentó comprender ahora estaba convertida en un monstruo impulsado por los celos y el odio.
Negó lentamente, con un gesto desesperado.
—No lo hagas… te lo ruego. No le hagas daño a Maryam.
Maryam, amarrada, con las manos entumecidas y las piernas ya sin fuerza, lo miraba con los ojos empañados d