—¡Doctora, por favor! —la voz de Maryam tembló, quebrándose en cada sílaba—. ¿Mi hijo está bien? Dígame que sí… se lo suplico.
La doctora levantó la vista del monitor. Sus ojos, serios, pero amables, la miraron directamente, como intentando transmitir seguridad. Finalmente asintió despacio.
—Tus bebés están bien, señora.
—¿B-bebés? —Aurora casi gritó, abriendo los ojos de par en par.
La doctora sonrió, apenas, ese gesto profesional que intenta calmar sin quitar la solemnidad del momento.
—Sí, so