Ricardo sintió cómo el alma se le escurría del cuerpo. El miedo lo paralizó al ver, a través del parabrisas, la figura imponente de Manuel Montalbán, de pie frente al auto, con el rostro endurecido por la furia.
A su alrededor, seis hombres armados rodeaban el vehículo con movimientos calculados, como lobos cercando a su presa.
Ricardo intentó reaccionar, pero sus manos temblaban tanto que apenas podía mantener el volante firme. Sabía que estaba acabado.
Apenas pudo sacar su pistola con desespe