Samantha se incorporó del suelo con torpeza, apoyándose en la pared para no volver a caer. Su respiración temblaba, no por el golpe, sino por la furia que se encendía en su interior. Sus ojos, antes brillantes por las lágrimas, se tornaron oscuros, cargados de odio.
—¡Tú me robaste a mi amor! —escupió con una voz desgarrada.
Aurora permaneció inmóvil por un instante, sorprendida por la audacia de aquella mujer. Pero la sorpresa duró poco; su mirada se tornó fría como acero.
La distancia entre am