La familia aguardaba afuera, expectante, con los nervios a flor de piel. El silencio del pasillo del hospital parecía eterno, hasta que por fin la puerta del cunero se abrió.
Manuel apareció con los ojos brillante y una sonrisa.
Con un gesto emocionado los llamó, guiándolos hasta el gran ventanal donde una diminuta criatura dormía, envuelta en una manta.
—Aún no decidimos su nombre —dijo con voz entrecortada, sin poder apartar la mirada de la pequeña—, pero es hermosa, tan dulce… Mira, abuela.
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