Martín arrancó con brusquedad al pequeño de los brazos de Manuel, como si temiera que se lo arrebataran de una vez por todas. Sus dedos se aferraron a la camisa del niño con tanta fuerza que el pequeño gimió asustado.
—¡No necesita tu regalo! —espetó con los ojos inyectados de rabia.
Manuel, lejos de alterarse, mostró una sonrisa amarga, como si hubiera esperado esa reacción.
Mayte, que hasta ese momento había permanecido en silencio, se acercó con el corazón latiéndole con violencia. Sus pasos