Martín no respondió. No hizo falta. Su mirada lo decía todo.
Había una oscuridad en sus ojos que Mayte reconoció al instante: el odio mezclado con amor, esa clase de mirada que alguna vez la hizo sentir deseada… y ahora solo le daba miedo.
Ella creyó ver en un segundo lo que esas pupilas frías escondían: él estaba detrás de todo.
Aunque se equivocaba, pero Mayte pensó lo peor de Martín.
Le tembló el pulso. El pecho se le encogió, y sin pensarlo, lo abofeteó con toda la fuerza que le quedaba.
El