En el hospital
Las luces blancas del pasillo parecían cuchillos clavándose en los ojos.
El olor a desinfectante lo inundaba todo, mezclado con la angustia que flotaba en el aire.
Victoria caminaba de un lado a otro, las manos temblorosas, el rostro empapado en lágrimas.
Sentía que el corazón se le iba a salir del pecho.
A unos metros, Martín, su esposo, fulminaba con la mirada a Aaron, que estaba sentado con la camisa manchada de sangre, la de Fiona.
—Si algo le pasa a mi hija… ¡Te juro que ser