—Pero, hay condiciones —dijo la abuela Milena con aquella voz firme que siempre lograba imponer silencio en la mansión.
Martín, que aún sostenía la mano de Fely con fuerza, la miró con incertidumbre.
El corazón le latía desbocado, porque sabía que cuando su abuela hablaba de condiciones, nada era sencillo.
—¿Cuáles, abuela? —preguntó, tratando de sonar calmado, aunque por dentro la ansiedad lo carcomía.
Milena entrecerró los ojos, dejando que el peso de sus palabras cayera sobre los dos jóvenes.