Esa misma noche, Alejandro cruzó el umbral de la mansión con la mente todavía revuelta por lo que había sentido en la oficina. El rechazo a Samantha lo había dejado con una extraña sensación de claridad, pero también de incertidumbre. Sin embargo, no tuvo tiempo de procesarlo, pues apenas entregó su saco al servicio, escuchó la voz firme de su abuelo desde el pasillo.
—Alejandro, al despacho. Ahora —ordenó Don Martín, sin siquiera mirarlo.
Alejandro lo siguió en silencio, sintiendo que el