Los días transcurrieron en la mansión Barcherotti con una calma inusual. Don Martín, aquel hombre que siempre parecía hecho de piedra, comenzó a suavizar su trato hacia Ana Laura. Ya no la miraba con sospecha ni con la rigidez de un juez, sino con la calidez de quien ha encontrado una compañía sincera en medio de tanta hipocresía familiar.
Al notar que el abuelo ya no era tan severo, Ana Laura empezó a sentirse más cómoda y dejó aflorar su verdadera esencia. Sin que nadie se lo pidiera, su e