Don Martín se recostó en su silla, observando a Ana Laura con una intensidad que parecía perforar su piel. El silencio en el gran comedor se volvió asfixiante, roto solo por el tictac de un reloj de pared que marcaba el tiempo como una cuenta regresiva. —Te veo asustada, pequeña —dijo el patriarca con una voz que suavizó un poco su aspereza. ¿Estás realmente enamorada de mi nieto? Porque hace unos días no sabíamos de ti. —Solo quiero que Alejandro sea feliz, señor —logró decir, apegándose a la única verdad que podía usar como escudo. —La felicidad es un lujo que los Barcherotti rara vez nos permitimos, somo millonarios, hemos creado imperios, pero te digo la verdad, nunca he sabido que es la felicidad, al menos no en su totalidad, Jajaja_ Río Don Martín_ No se porque te digo esto, acabo de conocerte. — La verdad es que, si se puede ser feliz, pero cuesta a veces— Responde Ana Laura. — Si, definitivamente, ya vete a descansar, debes estar exhausta. Ana Laura subió la
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