Desperté en una cama vacía. Escuché la regadera y supuse que se estaba duchando. Vi la hora y solamente eran las siete de la mañana.
-¿David? -le llamo.
Escuché un leve dime, y se asomó con el cepillo en la boca, solo tenía una toalla sujeta a su cadera y su torso descubierto. Me mordí el labio para amortiguar un gemido.
-Sí, cariño, dime -repite.
-Nada -digo y lo miré a los ojos-. Es temprano.
-Creí que íbamos al consultorio -me dice confuso-. ¿No quieres ir?
-Oh, cierto -me levanté de la