Juliette
El interior de la limusina se sentía como una burbuja hermética, un silencio denso que nos aislaba del mundo.
Seth no me soltó la mano ni un solo segundo, aunque tampoco se dignó a mirarme. Mantuvo la vista fija en la ventanilla tintada, viendo cómo las luces de Nueva York se convertían en estelas de neón borrosas, mientras su pulgar acariciaba el dorso de mi mano.
Lo miré discretamente. El gesto tierno e inconsciente contrastaba con la tensión en su mandíbula.
Tenía cientos de preguntas rondando en mi cabeza, pero todos mis pensamientos murieron cuando el vehículo se detuvo. Miré por la ventana y fruncí el ceño.
No estábamos fuera de un restaurante, ni en un lujoso hotel.
Estábamos en su edificio.
—¿Por qué me traes aquí? —pregunté con voz temblorosa.
Seth bajó primero y tiró de mí suavemente para que saliera.
—Pagué medio millón de dólares por esta noche, Juliette. Y quiero pasarla en el único lugar donde sé que nadie nos va a interrumpir.
Subir en el ascensor privado fue